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¿Pero qué es exactamente “En Tokio no hay domingos”?

Arena en los ojos, piedra en el zapato. Coitus interruptus, pelo alborotado. Medianoche soleada, maullidos de gato. Besos sin lengua, viento cruzado. Reinas del cool, rechinar de huesos. Agua estancada, artistas de medio pelo. Rodilla en tierra, snobs de diseño. Soledad impuesta, puñales de hielo.
Pues un poco de todo lo anterior era lo que suponían para mí los domingos hace algún tiempo. Pero… Tokio cambió eso. Y poco a poco se fue volviendo más como….

 

Noche en Ray Ban, medias de rejilla. Salitre en tu piel, mi reino es una isla. Caderas reflejadas, atrapado por la vistas.

Gris, besos que duran el Sahara. Juego, vientre en llamas. Lluvia, sexo de la luna al alba. Ego, piano y solo de guitarra.

Vampiros que renunciaron a su grial. Lealtad de asfalto nocturno sin destino. Creadores de ventanas de visión cenital. Grey Pilgrim ha abandonado el edificio.

Andén de una estación despierta… Sin billete ni equipaje. Ángeles negros perdidos sin paraíso. De una calada tuya, Londres nos envuelve. Me das a probar el carmín de tus labios.

Faro en la niebla. Mi corazón empuja este amasijo de metal a la velocidad de la luz. Fuera, el mundo se torna una línea de neón continua. Abro los ojos y te encuentro con las alas desplegadas…

Hemos llegado y sé que, después de esta noche, nada será igual. Pero no importa. Las puertas se abren y flotamos hasta el asfalto de charcos de neón. Esta ciudad echa de menos las historias sin futuro. “Welcome to…”

Y todo cambia, y nada perdura, y las historias llegan a su fin y dan paso a otras nuevas… Pero una cosa tengo clara:

En Tokio no hay domingos